NO me callo. NO nos callemos
En un estado verdaderamente libre, el pensamiento y la palabra deben ser libres
Suetonio. Historiador romano
Disclaimer político
Antes de empezar esta reflexión sobre lo que se debe y lo que no se debe decir en tiempos extraordinarios, vaya por delante mi descargo de responsabilidades políticas. Hace tiempo que no reconozco mi propia afiliación política. Cuando era joven estuve brevemente afiliado al PSOE. He colaborado económicamente con periódicos y publicaciones vinculadas a la izquierda. Nunca he votado a un partido de izquierdas derechas. Mi buen amigo Cochise dijo alguna vez de mí que soy un estalinista de manual. Posiblemente eso era más acertado hace varios años, antes de que se produjese unas transformación intelectual en mí, motivada por una combinación de realidad cotidiana, estado crepuscular de la coherencia del mensaje de la izquierda y mayor conocimiento sobre las dinámicas de los sistemas complejos. Aún así, si me tiene que encuadrar alguien en el eje cartesiano propuesto por el movimiento The Political Compass, cosa que hice yo mismo antes de escribir estas líneas, estaría en el cuadrante de la izquierda libertaria, como muestra el pantallazo hecho tras el test. Le animo a usted a hacérselo.
Queda claro que soy una persona afín a las ideas económicas de la izquierda, y por tanto, simpatizante a priori de quienes están ahora en el Gobierno de mi país. Dicho esto, podemos seguir con la reflexión
Libertad de expresión
La libertad de expresión es una de las menos populares en estos días. Creo sinceramente que su protección no ha sido adecuadamente defendida por la generación que vino antes que la mía, que fue quien la consiguió en España. Es como si al pasar de carecer de libertad de expresión, a poder ejercerla, se limitasen a lo último, con el decoro y la discreción que tanto ha caracterizado a la generación de mis padres. La consiguieron, podían hablar, escribir, manifestarse y expresarse en general, sin temor a la “tijera” del censor de turno. Se esforzaron en inculcarnos el tremendo triunfo que supuso obtener el derecho al sufragio, la libertad de elegir a los gobernantes, como si aquella fuera la libertad suprema (cosa que discuto). Denostada quedó la nueva libertad de expresar las propias ideas y convicciones, y cuando algo se olvida, entra en juego la Ley de la Entropía y empieza la decadencia. Cuando algo decae, perdemos hábito de su uso, e incluso acabamos por dejar de comprender su razón de ser. Creo que ese es el germen de muchos de los problemas de comunicación a los que asistimos hoy en día. Algunos académicos han propuesto al análisis postmoderno y deconstruccionista del lenguaje como el responsable de que cada vez sea más difícil entendernos entre nosotros sin generar ofensa. No soy un estudioso del tema, pero sí me parece que puede ser una interacción entre el profundo efecto que ha tenido el postmodernismo en la vida académica, por un lado, y el aumento de la comunicación no directa, por otro, lo que ha generado la oleada de lo que se llama coloquialmente ofendiditos. Otras causas para este fenómeno que se han propuesto, como puede ser la ABSOLUTA CARENCIA DE NADA, o el silenciamiento de temas controvertidos, pueden añadirse a este desagradable cocktail. El resultado es un brebaje insípido que convierte los temas de conversación en lechos de Procusto. Para cualquier tema espinoso, las conversaciones entre teóricos individuos libres se van perfilando, quedando un menú de propuestas y respuestas aceptables, y una montaña de desafortunados agentes libres que quedan en la estacada por haber pisado alguna mina antipersonal semántica.
Mentalidad de culto
Todo esto no conduce a mi modo de ver a una sociedad madura, sino a una especie de culto piramidal. En una conversación entre adultos debe haber sitio para la ofensa, a la par que modales y deportividad para la retractación. No me refiero a que debamos ser capaces de hablar y escribir a la ligera, sino de que, solamente expresando nuestros puntos de vista, podremos de verdad ponerlos en contraste con el de la persona de enfrente, que reaccionará y nos hará ver en qué medida difiere su punto de vista del nuestro. Esto, en cambio, obrará una transformación en nosotros, si también somos críticos. De la misma forma que está demostrado que se aprende más de un error (tras un debriefing bien hecho) que, de un acierto, se enriquece más nuestra perspectiva cuando ésta es contrastada con la de otra persona. Siempre y cuando estemos dispuestos a hacer el esfuerzo de pensar dos cosas:
- Asumir buenas intenciones. Ya he mencionado este aspecto en una de las primeras entradas. Tiempo habrá para percatarnos de que la opinión de la otra persona tiene como único objeto hacernos daño. Pensemos primero que podemos encontrar algo útil en ella.
- No somos perfectos. Es decir, tenemos MUCHO que aprender de nuestro entorno. De esta forma tendremos los ojos abiertos ante la posibilidad de aumentar nuestra sabiduría cada vez que tenemos una conversación difícil con otra persona.
En fecha reciente he tenido la oportunidad de comprobar cómo las personas se convierten en personae (personajes arquetípicos representados por las máscaras de teatro grecorromano) cuando interactúan de forma semi-anónima en la redes sociales en arenas ante miles de desconocidos. Un usuario de Twitter posteó con preocupación un Tweet de otra usuaria, en la que se arrepentía de haber ejercido el rol determinado por el sexo asignado en el momento del nacimiento y el daño que esto podía haber producido a terceras personas. Me mostré de acuerdo en la preocupación, ya que cuando alguien muestra arrepentimiento de haberse comportado como creía que era correcto, cuestione todo su pasado sin tener una crisis de identidad, sugiere muchas cosas en mi cabeza. La primera es una especie auto-fustigamiento y pensamiento rayano en lo deliroide (en concreto delirio de culpa), propio de una persona con depresión mayor. Deliroide, por que nadie tiene la culpa de vivir su vida como siente que debe vivirla, entre otros motivos. A consecuencia de mi comentario, varios usuarios dejaron claro su pedigree y la pureza de sus convicciones políticas llamándome falso feminista, haciendo referencia al color de mis genitales, o incluso (en el colmo de la hipocresía) mandándome de vuelta con los alcohólicos (mi foto de perfil era en ese momento la portada de mi tesis doctoral, que trataba sobre las citoquinas en el paciente alcohólico). Mi respuesta fue intentar contestar el contenido de las críticas a mi persona, sin arrepentirme de nada de lo expuesto y sin caer en la ofensa (propia o ajena). Me limité a explicar mi argumento a unos, y a otros la obviedad de que a los alcohólicos no los había abandonado nunca. No se llegó en ningún momento a una réplica de contenido por parte de mis “antifans”, pero el voltaje de la cadena de Tweets bajó a cero y los hilos murieron.
De esa interacción en Twitter comprobé que, si uno no se da por ofendido, y se limita a mantener la conversación en torno al contenido de la cuestión, no de las formas, y por supuesto no a las intenciones de los interlocutores, como mínimo consigue la extinción del conflicto. Tengo la esperanza de que ese tipo de conducta haya obrado algún efecto reflexivo en quienes cayeron sobre mí.
10 días más tarde, y ya en pleno confinamiento nacional, tuve otro encontronazo, esta vez en Facebook, con una usuaria. En este caso, la polémica giró en torno a una crítica sobre la actuación del gobierno en esta crisis. Una usuaria, además de cuestionar la veracidad del contenido de mi crítica, cuestionó lo oportuno de la misma. Mi respuesta fue contundente, y se siguió de una generosa racha de comentarios de contactos míos, dándome la razón. No sólo mi crítica estaba basada en un hecho real que la persona ofendida no se molestó en comprobar, acusándome a mí de esparcir un bulo, sino que además contenido y postura eran compartidos por individuos de todo el espectro político. Todos, salvo esta persona, autoetiquetada políticamente en su perfil, y por tanto supeditada como individuo a una estructura que secuestró su independencia de criterio.
En este asunto, el problema fundamental no es que se critique o no se critique la acción de gobierno, sino que otros ciudadanos intenten acallar a sus semejantes, invocando un fantasioso (y peligroso) sentido de lo que es oportuno y lo que no es oportuno decir. Es la muestra de que la importancia de la Libertad de Expresión no llegó a calar hondo en nuestra sociedad, y por tanto no se ha transmitido adecuadamente ni a mi generación ni a la siguiente.
Desde un simple análisis frío de los “grados de libertad”, relacionado con la lógica de proposiciones, en una situación como la expuesta en Facebook, las posibles opciones que se me ocurren son las siguientes, de más negativo a menos negativo:
- El enunciado es falso y el emisor es consciente de esa falsedad. Estamos ante una mentira “activa”. Vamos a denominarlo situación F, de falsedad.
- El enunciado es falso y el emisor no es consciente de esa falsedad. Estamos ante un error. Lo denominamos E, de error. Hoy en día hay una forma de error con alto grado de propagación online, que es el error/falsedad relativo al contenido de una noticia, también llamado bulo.
- El enunciado es cierto pero el emisor no se ha asegurado de su veracidad. Estamos ante una verdad afortunada. Lo llamaremos C de carambola.
- El enunciado es cierto y el emisor ha contrastado el contenido. Estamos ante una verdad. Esto será V de verdad.
Ahora bien, el efecto del enunciado puede tener tres efectos básicos en el receptor:
- Positivo, el receptor reaccionará con agrado. Potencialmente, se incrementan las posibilidades de difusión del enunciado. Lo denotaremos con +.
- Neutro. El receptor es indiferente y disminuyen las posibilidades de propagación. Lo señalamos con 0.
- Negativo. El receptor rechaza el enunciado. Potencialmente aumentan las posibilidades de difusión, a modo de denuncia, protesta o forma de polémica. Lo identificaremos como -.
Con todo esto, podemos construir una tabla que nos da 12 posibles combinaciones:
| F | E | C | V | |
| + | F+ | E+ | C+ | V+ |
| 0 | F0 | E0 | C0 | V0 |
| – | F- | E- | C- | V- |
Cuanta mayor sea la presencia de un emisor no crítico en las redes sociales, tanto más probable será que se convierta en propagador de bulos, ya que, para cada verdad, existen n versionesfalsas que se pueden propagar. Si ni emisor ni receptor hacen el trabajo de contrastar la fuente de información, la verdad es rápidamente sepultada en una avalancha de bulos y mentiras. Esta situación vulnera la capacidad de crítica de un individuo, merma su valor y lo hace más dependiente de la aplicación de rodillos y plantillas. Como veremos más adelante, lo verdaderamente peligroso de estas combinaciones es el contenido difundido desde la primera columna, porque implica la intención de aumentar el contenido de ruido en el sistema. Los errores tienen un efecto deletéreo, pero al menos no responden a una intención destructiva.
Contra las plantillas y las consignas, desde D&D 3ª edición
Hace años que llevo reflexionando por qué la tercera edición de Dragones y Mazmorras me disgustó tanto. En ella, los manuales estaban mucho más ordenados que en la edición anterior, la edición era limpísima, las ilustraciones impecables y las reglas estaban escritas en un lenguaje poco confuso. Es más, ¡estaban casi todas las reglas en el mismo sitio! Sin embargo, había algo en la manera en que se jugaba, en la experiencia al hacer el personaje, que hacía que, a mi gusto, se hubiera perdido la esencia del juego. La mayor parte de mis amigos, en cambio, estaban encantados con la nueva encarnación del juego. Ahora era fácil hacerse un personaje que “optimizase” sus recursos y poderes, el proceso de creación de personajes podía hacerse de forma algorítmica y se podía incluso hacer un personaje “clon” de otro.
Es cierto que este nuevo orden trajo menos confusión al mundo de D&D, menos contradicciones y suponía una forma mucho más accesible (si no fuera por el precio de los manuales) de iniciarse en el hobby a jugadores más jóvenes, que en la edición previa a menudo acababan frustrados entre la confusión, el desorden y la vaguedad del lenguaje, por no hablar de las pésimas traducciones.
Las sucesivas expansiones del juego me espantaron por completo (en concreto, hasta la quinta edición, nada menos). Éstas consistían en splatbooks (ya sólo el nombre da una idea) que se sucedían unos a otros, aportando un sinnúmero de variaciones numéricas sobre lo mismo, que aplicaban “plantillas” a los personajes, creando lo que a mi gusto era una fantasía de variedad. El sistema en sí mismo había adquirido más personalidad que el propósito al que el mismo sistema debía servir.
Libertad, responsabilidad, rendición de cuentas
Como vimos anteriormente, los individuos pueden ser víctimas del bombardeo de mentiras y bulos, de forma que el primer enemigo hoy en día de la Libertad de Expresión ni siquiera es la aceptación del mensaje por parte del receptor. Es la dilución de la verdad en un mar de bulos y mentiras lo que hace que las personas acaben desconfiando de las fuentes de información que no le son próximas. Esto merma la capacidad de encuentro entre posiciones no afines y vulnera, en última instancia la posibilidad de crecimiento personal. La Libertad de Expresión no debería venir sola. Al igual que el resto de las libertades, debe venir de la mano de una responsabilidad. La responsabilidad en este caso implica que, si yo emito una falsedad y soy confrontado con la verdad, tengo el deber de retractarme y pedir disculpas. Eso en el lado retroactivo. Para mí, la responsabilidad inherente a la Libertad de Expresión conlleva cotejar y validar adecuadamente el contenido del mensaje a emitir, especialmente cuando se trata de temas sensibles.
Ahora bien, cuando el emisor ha hecho ese trabajo previo, considero que no existe NINGÚN tema sobre el que no se debería hablar, en ningún momento. Y diré más, en situaciones en las que la cotidianidad está en suspenso, es aún más importante que ejerzamos nuestro derecho a expresarnos libremente, siempre y cuando no estemos esparciendo mentiras, por incómodo y doloroso que pueda resultar decir la verdad.
Lo que creo que debe hacer todo ciudadano ilustrado. El niño del “Traje nuevo del emperador”.
En situaciones excepcionales, como las que vivimos en estos momentos, es de vital importancia la existencia de voces discordantes. En el famoso cuento “El traje nuevo del emperador”, el verdadero héroe es ese ciudadano (un niño, si recuerdo bien), que señala lo que todo el mundo ha callado. Es el que deshace el nudo de la historia y consigue que el mandatario abra los ojos. Este cuento es de obligada lectura hoy en día, en que cuestionamos usar palabras como “pandemia” por temor al efecto que pueda tener en la gente. Sí, han leído bien, en las semanas previas se ha llegado a discutir si no iba a ser necesario buscar un nuevo término para el mismo fenómeno, a fin de no intranquilizar a la población. Vemos aquí como la tiranía del eufemismo hace que, por miedo a la reacción del receptor, se retrasa o se omite la verdad. Una verdad que es de vital importancia, literalmente, para todo receptor. Tenemos que parar esto. Tenemos que ser capaces de expresar ideas polémicas, de dar noticias desagradables, de criticar a quien nos gobierna y a quien se supone que está controlando a quien nos gobierna. O lo hacemos, o acabamos presa de un culto colectivo que secuestrará nuestra esencia.
Es tanto más importante que señalemos los errores y deslices de aquellos a quienes somos afines, ya que, si no hay nadie que disienta, corren el riesgo de seguir desfilando desnudos por el mundo.
Por lo tanto: NO me callo. NO nos callemos.
3 respuestas a «NO me callo. NO nos callemos»
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Como siempre y hasta ahora, impecable.
No tengo Facebook ni Participo en redes sociales porque si rectifico un error previamente habré hecho daño a alguien.
Errar es de sabios y ser herrado de bestias. -
Como dice Ignatius…
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Te felicito por tan agradable e interesante lectura.
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