Escenas de una memoria. Distancia sobre el tiempo.
Our deeds have travelled far
What we have been is what we are
M. Portnoy
20, 21 años. Tantas cosas que han cambiado. En el mundo, en mi vida, en mi cuerpo, mis ideas. Hace 4 días inicié un viaje, uno que se repite casi cada año, pero que muta casi cada año. El cambio este año era la única constante. Un elemento irritante amenzaba con alterar mi autista ritual catártico-masoquista cuasi anual. Un elemento que venía a deshora, trasnochado, que pretendía ser feliz, pero me irritaba. Mi onanismo existencial exigía solamente lo de siempre. Con ese ánimo emprendí mi viaje. El contenido de la primera parte del mismo, profesional-académico, estuvo a la altura. Incluso cuando el auditorio volvió prorrumpir en carcajadas cuando una eminencia en el ciclo circadiano y en cronobiología se atrevió a decir que hay que comer pocas veces y pronto. Más sobre esto próximamente. Déjà vu, no extraño, como el glorioso que vendría algo más de 24 horas más tarde, sino esperado. Ya empecé a sentirme mejor. Todavía tengo alguna cosa que portar a la comunidad, por lo que se ve. Después, paella, buena compañía de la Isla Hermana y de la propia (adoptados o nativos), buena conversación, lectura, sueño y madrugón para aprovechar las sesiones de la mañana. De alguna manera, mi ánimo había cambiado algo, tal vez por el contenido aprendido, por el ego reforzado, por la comida y buen rato, por lo bella que está Valencia. Cualquier cosa menos admitir, fiel a mi carácter algo tozudo, que lo que estaba por venir me hacía ilusión.
Tanta ilusión me hizo, que me dejé mi impermeable en el hotel de camino a la estación J. Sorolla, donde el AVE me llevaría a Puerta de Atocha. ¿Prisa por que empezara la siguiente fase del viaje? Tal vez. Algo estaba cambiando dentro de mí, pero seguía reacio a consumar el plan. Y había perdido a mi prenda fetiche. Afortunadamente, mi «armadura» en el Fuji sería rescatada por Barragan el Valiente y Paciente, que lleva ya muchos años aguantando mis despistes.
Llegada a Madrid, clima templado, gente más amable de lo que recordaba. Dos opciones: sustituir a mi chubasquero o serle fiel y arriesgarme a que me cayera una tromba de agua el fin de semana. ALGUNA vez tenía que estar el parte meteorológico de mi lado. Opté por la fidelidad, unas horas en el hotel, lectura, estudio y trabajo sobre una próxima publicación me entretuvieron el día de la cuenta atrás del complejo Brexit. Sí, complejo. Tanto los detractores como los defensores de esta maniobra política hemos hecho un intento de simplificación de unas circunstancias que son muy complejas. El nihilismo postmoderno de la negación de una aproximación a algo parecido a una verdad absoluta ha permitido que este tema haya sido tratado en ambos lados de la frontera de una forma increíblemente infantil.
Mi humor mejoró cuando dejé de estar sólo en la habitación del hotel. De repente estaba completo de nuevo, como me siento siempre que acaba un congreso o viaje que inicio sólo. De repente me sentía con ganas de enfrentarme a algo, para lo que seguro que en alemán existe un concepto, pero que ahora mismo se me escapa. Probablemente Robert Trivers lo haya descrito bien en alguno de sus trabajos sobre la relevancia del autoengaño como mecanismo de selección natural entre los primates como nosotros. Ya les contaré. O tal vez Ustedes ya lo hayan encontrado y me pueden ilustrar.
Sea como fuere, los dos se convirtieron en cuatro en el corazón de Metrópolis, los cuatro en miles, y la espera comenzó. No había casi sensación positiva, pero ya no había sensación negativa. La música de fondo, Kraftwerk, ya me estaba dando un mensaje de la noche que iba a tener por delante. El escenario, simple pero bien cuidado iba acorde con la temática del nuevo trabajo, Distance Over Time, del que hice, adrede, una pobre preparación. Al acabar Radioactivity, canción emblema de otra época de transición de mi vida, se apagaron las luces y comenzó el concierto de «los teloneros». Sólo que los teloneros no dejaron de tocar hasta que el espectáculo tocó a su fin.
El vídeo introductorio nos metió de lleno en otra realidad. Unos androides estaban repasando el bagaje musical de la banda. Imágenes (sin palabras), de carátulas idolatradas, los años transcurridos entre 1995, momento en que los vine a conocer, se fundieron con recuerdos de esos años. Lo imposible estaba empezando a ocurrir.
Diré muy poco de estas primeras 6 canciones. La sensación subconsciente era esa, estamos asistiendo a la actuación de unos teloneros de lujo. Las canciones eran impecables, pero tanto por la realidad del tiempo pasado como por mi obstinada falta de preparación (de nuevo el autoengaño), la sensación era permanentemente preparatoria. Pienso que esto era buscado, ya que al concluir la excelente Pale Blue Dot, las luces se encendieron y la banda abandonó el escenario. No volvía a sonar Kraftwerk. A nuestro alrededor algo cambiaba, la gente se movía hacia adelante, como anticipando lo que estaba por venir. Comentamos algunos aspectos musicales, yo me reservé algunos otros. Mientras hablábamos, los androides del escenario fueron sustituidos por una suntuosa fachada de una mansión. El tono de la imagen era sepia. ¿Qué sonaba? Un Charleston. Por momentos, el vello de mi nuca y antebrazos se erizaba. Hice una sinopsis incompleta de lo que estaba por venir a una miembro del cuarteto. Mientras lo hacía, recordaba las sensaciones tenidas en el despacho de mi padre, 20, 21 años antes, cuando escuché por primera (y segunda) vez la obra maestra que iba a comenzar.
De pronto, las luces se apagaron, y comenzó la animación en el fondo del escenario:
«Tic, tac». El reloj de pulsera, la hipnosis, la voz del «terapeuta». Regression nos transportaba a nosotros a 1998, a Nicholas a los locos años 20. «Tic, tac», mientras escribo estas líneas, no puedo evitar recordarme a mí mismo, en otra mesa, otra casa, otro teclado, escribiendo un relato corto inspirado en la antecesora, en Metropolis Pt. 1. 20, 21 años han pasado. La pérdida de ese relato se debía a una manifestación juvenil de mi actual cabezonería, sin duda. Creo que lo podría volver a escribir, casi palabra por palabra.
Acabó la sesión de regresión, y comenzó la obertura. 20, 21 años más tarde, podía oír en directo aquellos acordes que hacían homenaje a una gran canción, a la que ampliaron y la elevaron a rango de tragedia épica. Las primeras lágrimas manaron cuando Petrucci hizo sonar los acordes que remedaban el final de Metropolis Pt.1 «Now the Miracle and the Sleeper know…». Más notas que homenajeaban a todo ese sonido de los 90, toques de Charleston bien disimulados, explosión de virtuosismo y choque con la cruda realidad, a golpe de acorde duro, caja y la entrada de La’Brie. Había empezado Strange Déjà Vu. Su dura estrofa, doble para mojarnos los labios y calentarnos, ya todos gritábamos «with a haunting chill in the air». La desesperación de Nicholas nos advertía de la terrible tragedia, y el estribillo, ¡por Dios, el estribillo! De repente estaba allí, donde había renunciado a estar por munchos motivos, el primero de ellos mi desapego con los discos posteriores, la salida de Portnoy… De repente estaba allí, con unas notas que llevaba años sin haber vuelto a oír, por algún sesgo nostálgico que aún no he descubierto.
Hacía MUCHO que no me vaciaba musicalmente como con ese Strange Déjâ Vu. Mucho. La música, el acompañamiento visual y la historia nos siguieron acompañando, canción por canción, recuerdo por recuerdo, hasta que La’Brie tomó asiento, nos arrancó unas lágrimas con Through Her Eyes.
Cuando acabó la balada, de nuevo la sensación de un espectáculo Matrioska, más anticipación. Todos sabíamos lo que venía a continuación, y La’Brie lo abordó, nos dejó calentarnos por dentro y enfriarnos por fuera mientras nos contó las propias sensaciones que tuvieron ellos mismos cuando, al oír el disco entero por primera vez tras su producción, se toparon con Home. En palabras del propio La’Brie, una canción «What the fuck». Recuerdo esa misma sensación cuando llegué (llegamos, ¿no, Pablo?) a esa pista 8, que nos habla de dos elementos eternos en nuestra narrativa: conflicto entre los hermanos antagónicos, el amor terrible, cuya pasión destruye todo a su paso. Y nos recuerda que los malos pueden ganar al final, en las historias, y en la vida real. La?Brie nos pidió explícitamente colaboración, la palabra «insegura» sería, por supuesto, Home. Como si hiciera falta. Dicen que la cultura occidental está espiritualmente muerta. Yo digo que graben a una multitud poseída por la historia, la belleza destructiva de la música y por la adrenalina de la puesta en escena en directo, y busquen ahí el ethos perdido de la autofágica Europa. La cítara, replicada por Rudess, el bajo, el Riff de entrada de guitarra, y la agresividad, arrogancia, ira, desesperación y desprecio con el que La’Brie interpretó a «The Miracle» me amartillaron la mente y el cuerpo, con esa sensación de «What the fuck», que hace 20, 21 años se apoderó igualmente de mí. En ese momento los que estábamos congregados éramos uno sólo (bueno, menos un tío de Albacete, pero ni merece la pena mentarle).
Por algún extraño motivo (¿autoengaño?), pensé que el espectáculo acababa aquí, pero ya nos lo había dicho La’Brie. Oiríamos, viviríamos en sinestesia la obra completa. Quería acabar la entrada con Home, pero no haría justicia a la soberbia interpretación de la doble Escena 7, con TODAS las referencias melódicas a Metropolis Pt.1 y ese memorable pasaje de Charleston, por un lado y impecable One Last Time, que aportaría la penúltima piedra con la que le construye la monumental Finally Free. Tampoco le haría justicia a la Escena 8, la esperanzadora The Spirit Carries On, tan bella y naïve que dan ganas de que la historia termine ahí. Pero sabemos que esta gente sabe acabar MUY bien sus mejores obras. Y esta es la mejor de todas. En Finally Free comenzamos con la inocencia que transmite The Spirit Carries On, pero poco a poco el ambiente pesado, ominoso y trágico se cierne sobre nosotros, conducidos por el Piano desnudo de Rudess que da paso a un La’Brie que vuelve a clavar a The Miracle, esta vez, consumada su transformación en monstruo. Nada queda del sufrimiento y del Angst expresado en Home. Ciertamente, sus acciones han viajado lejos y lo que ha sido es lo que es. Qué ironía que ese lúgubre piano dé pie a la expresión de los ilusos planes de la desgraciada Victoria. Mismas notas, pero todo es diferente. Después, la ilusión se torna tragedia, disonancia, violencia, campanadas y muerte. Desesperación, y de nuevo esperanza, cuando en un tono más trágico, vuelve a sonar ese «One last time/ we’ll lay down today».
Desde aquí al final, una lenta desconexión de la historia, llevada de la mano por una banda que ha estado magistral. El propio tema en los bises, At Wit’s End, impecable, ayuda a que el shock por volver al Wizink en 2020 no sea tan duro.
Ha sido un viaje en muchas dimensiones, en esta entrada he hablado tan sólo de dos de ellas, la que me transportó a mi yo de hace 20, 21 años y a Nicholas a su destino final. Pero ha tenido más dimensiones. Es por esto que ya estoy listo para seguir compartiendo lo que aprendo y lo que me inquieta con Usted, si es que después de 4 meses, no ha desistido. Gracias por estar ahí. Mi viaje no ha terminado aún, pero parece que el rumbo se asienta.
No deja de ser curioso que el cambio de rumbo iniciado hace ya algunos meses, tuviera «A Change Of Seasons» como banda sonora…
¿Le ha picado la curiosidad? Si quiere saber más sobre esta maravillosa historia, haga lo siguiente, en orden:
1) Escuche «Metropolis Pt. 1», del disco «Images and Words» de Dream Theater. Familiarícese con la letra y la compleja melodía. Disfrute. Hágala suya. Déjese llevar a la ciudad infinita y tenga sus propias aventuras allí, el interludio instrumental es especialmente apropiado para ese tipo de ensoñaciones.
2) Escuche el Disco «Metropolis Pt.2: Scenes from a Memory», de Dream Theater. Familiarícese con la historia, con la melodía y los saltos temporales de la narración.
3) Si quiere, vuelva a leer esta entrada.
4) Si está a tiempo, vaya a verlos en la gira «Distance Over Time».
Nos vemos pronto…
PD: お兄さん, どうもありがとう!
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