Prefacio (de un libro que tal vez no publique)
Introducción
Este libro está dirigido a una persona que nunca podrá ́a leerlo: mi padre.
Eduardo Medina de la Rosa falleció el 13 de enero de 2013, mucho antes de que yo rompiera el cascarón de mi arrogancia, que sólo ocultaba miedo e ignorancia, disfrazándolo de auctoritas galénico, en ausencia de verdadera potentas intelectual, que aun espero, sin desesperar.
Como todo hijo que pierde a su padre, en el momento de su muerte me sentí sacudido. Tenía yo 33 años y mi primer hijo nato no había cumplido un año. La sacudida fue sobre todo motivada por la sensación de que a mi hijo Nico, la vida le había robado doblemente: yo necesitaba aún a mi padre para
aprender de él en esta faceta, y Nico iba a necesitar de la peculiar personalidad de su abuelo para desenvolverse en la vida. Aun hoy pienso que esto es cierto, con más vehemencia, si cabe.
Siempre me he considerado una persona buscadora de aquello que es auténtico, y lo considero uno de los principios directores de mi vida. Autenticidad por encima de lustre. Esta manía ha tenido no pocas consecuencias negativas en mi vida laboral y personal, desde las relaciones con la gente hasta mis aficiones, que no pueden ser un mero pasatiempo.
En el aspecto laboral, me llevó a coger la carrera de Medicina pensando que allí encontraría el conocimiento “auténtico” acerca de la naturaleza humana. Durante los dos primeros años de la carrera, pensé que tal vez me había equivocado.
Luego conocí a los que fueron mis mentores académicos (no tanto laborales), los doctores Hernández Nieto, Santolaria, González Reimers y Jorge. En tercero de carrera no sólo supe que sí que quería ser médico, además supe que sería internista, como mis profesores de Patología General.
Ellos plantaron algunas semillas médicas en mí, siendo las dos más importantes el intentar entender al enfermo como un todo y mantener la nutrición como un aspecto nuclear del acto médico. También plantaron la simiente por mi búsqueda de una epistemología correcta y no desviada. Mis primeros pacientes fueron los siguientes en indicarme el que sería mi siguiente camino de búsqueda, el de la nutrición adecuada para Homo sapiens. Pero tuvieron que pasar muchas cosas para que dejara de dar palos de ciego. La más determinante fue la muerte de mi padre.
En el aspecto de las relaciones personales, mi búsqueda de autenticidad me ha llevado a gravitar en torno a personas peculiares, y me ha llevado también a perdonar y aguantar todo tipo desencuentros, salvo uno: la mentira manifiesta. Bien saben muchos de mis antiguos amigos que soy capaz de perdonar todo, menos dar la cara por una mentira. Algunos tal vez lean este libro, si es que lo llego a publicar.
En el aspecto relativo a las aficiones, lo más sonado de este principio director de mi personalidad se manifestó en las artes marciales. En la búsqueda de la autenticidad dentro del arte marcial que practico (Bujinkan), incluso después de haber identificado y sufrido que en muchas partes, los miembros celebrados de esta organización la hacen funcionar como una secta de manual. Pero eso tal vez es material para otro libro. Tal vez alguno esté leyendo esta entrada. Lo de la secta no es un insulto, es un diagnóstico psicopatológico. Pide ayuda.
Explico todo esto, porque creo que la mentalidad pionera de mi padre, su regocijo infantil con las novedades tecnológicas y su búsqueda de respuesta a preguntas duras como cuál era el origen de la materia y la energía, fueron las que imprimaron mi cerebro para que manifestase ese principio rector de búsqueda de lo auténtico.
Mi padre fue una persona peculiar, en otro universo podría haber sido parte de mi grupo de amigos nerds. Pero no era mi amigo, era mi padre. Nunca terminaré de agradecerle este hecho. En los próximos párrafos, intentaré hacer una semblanza superficial de Eduardo Medina de la Rosa. Espero que lo conozcan con mayor profundidad con la ayuda de las cartas subsiguientes, si alguna vez las llego a publicar.
Si tuviera de desintegrar las dimensiones principales que conformaban a mi padre, y lo quisiera hacer para que un perfecto desconocido se pudiera hacer una idea sobre él, intentaría destacar especialmente los valles y los picos. Esto, necesariamente, daría una imagen un tanto simplificada y exagerada, algo así como lo contrario de un cuadro impresionista. Eso es precisamente lo que voy a hacer. Dibujemos pues lo que resaltaba y luego intentemos una pincelada final.
Orden
Es imposible presentar las cartas en un orden estrictamente cronológico, ya que algunas preguntas se me plantearon años antes de que se me presentase un camino para intentar responderlas. En cada caso, intentaré dar un marco cronológico de cómo llegó la pregunta a mí y cómo y cuándo se me fueron habilitando medios para intentar responderlas. Muchas de estas preguntas carecen actualmente de una respuesta firme, pero pienso que el propio camino recorrido le puede resultaría útil a alguien con mejores cualidades que las mías para llegar más lejos en la respuesta. Sigamos hablando un poco sobre mi padre.
Científico
Uno de los grandes amores de mi padre era la ciencia. Se dedicó profesionalmente a la química, tanto en el ámbito privado colaborando con el Colegio de Arquitectos y centrando su interés profesional en la aluminosis del hormigón. Mi padre fue feliz en el Colegio de Arquitectos, donde siempre fue bien considerado tanto en lo personal como en lo profesional. Sin embargo, siempre fue un enamorado del academicismo, y renunció voluntariamente a un trabajo cómodo , divertido intelectualmente y atractivo económicamente por la promesa de la búsqueda de preguntas relevantes para la humanidad. En la universidad encontró a sus alumnos, a quienes temía y adoraba simultáneamente. También encontró grandes profesionales y amigos y, por supuesto, enemigos y rivales.
Pero el problema no eran las personas. En lugar de encontrar una organización diseñada para el planteamiento de preguntas y el intento de responderlas, en propias palabras de mi padre, se encontró con una célula estalinista de traiciones, envidias y culto a la personalidad. No en su Departamento, al menos no al principio y no en concreto, sino de forma subrepticia y difusa.
Mi padre vivió los estertores de la mejor universidad pública. Asistió al desmesurado crecimiento administrativo, en detrimento de la propia razón de existir de la universidad, a su politización y fosilización, quedando él mismo embalsamado y fosilizado profesionalmente, excepto por el brillo de algunos compañeros jóvenes, hoy veteranos de la Academia, que supongo que me darán la razón. Pero nunca perdió su
pasión por el estudio, intentar transmitir ganas por aprender a sus alumnos y por abrir nuevos caminos. Falló en no comunicar adecuadamente el fruto de su trabajo, lo que se refleja en su pobre producción científica (término más bien oximorónico, si nos paramos a pensar). Su carácter poco competitivo lo llevó a no poder progresar en su carrera académica y a la tendencia a un romántico ostracismo, que le hacía parecer un sabio de la montaña al uso.
Esto no quiere decir que no tuviera apoyos ni buenas compañías en su trabajo, los tuvo y bien lo saben los que ya se han ido (Antonio Medina, Don Pedro Gil, por poner dos ejemplos que puedo mentar personalmente) como algunos que siguen y tienen un lugar privilegiado en mi corazón por lo bien que trataron a mi padre, de entre todos destacan dos Pedros: Pedro Martín y Pedro Esparza, que fueron sus bastones morales (y sus escuderos, usando sus propios términos) para seguir trabajando en sus últimos años.
En sus últimos años, con material adaptado para su invidencia de facto, estaba casi centrado en su trabajo externo (los estudiantes) y el interno (la búsqueda de una especie de Teoría de Todo desde el punto de vista de la Química Cuántica y de la Fisicoquímica). Se había convertido, como digo, en una especie de sabio de la montaña, por cuyo despacho pasaban distintas personas (estudiantes y otros profesores) que le consultaban dudas de sus propios campos de conocimiento, para dejarlo luego con sus cavilaciones.
Fue doloroso ver a mi padre en esos últimos años laborales. Su salud se había deteriorado considerablemente, especialmente la visual y cardiovascular, donde se encontraba en una auténtica encerrona por su enfermedad coronaria no revascularizable, que funcionaba como una condena de muerte. Ya no podía conducir y subía cada mañana en el tranvía, ilusionado por llegar, pero con dolor torácico e intenso malestar desde la parada del tranvía hasta su despacho. Algunas veces le podía acercar algún compañero. La bajada era similar, pero con un mayor toque de ansiedad, ya que temía lo que podía estar esperándole a la salida del tranvía (ver más adelante).
Una cosa más, apuntada por mi madre. En su último año de trabajo, fue durante todo el curso a trabajar con pañales (en tranvía y luego caminando o en taxi) al haber quedado incontinente de orina por su Diabetes mellitus y tras una cirugía prostática. Aún así, no quería jubilarse…
Escéptico
Mi padre era un defensor filosófico del Método Científico, a la par que un apasionado de las preguntas más complejas que se puedan ocurrir a nadie.
Tuvo una fuerte pasión política en su juventud, al igual que su padre. Y al igual que él, sufrió un duro y maduro desencanto cuando quedo claro que las utopías que defendía como joven se estrellaron en sus Gran Salto hacia Adelante (Mao), en el Archipiélago Gulag y en la interminable revolución cubana, entre otros. Y no es que se volviera liberal, o conservador desde el punto de vista político. En todo caso, se volvió una suerte de cínico clásico, con toques de anarquista pacífico. Siempre fue respetuoso con las posturas de los demás, y en su sabiduría, nunca me frenó en mis años de radicalismo de izquierdas (en palabras de un buen amigo: yo era un “estalinista de manual”). Nunca supe por qué partido votaba. Mi madre sí, supongo.
Su escepticismo le llevo a renegar del ateísmo radical, bajo la premisa filosófica de que no es lo mismo ausencia de prueba que prueba de ausencia. Además, tenía un muy humano miedo al dolor, el sufrimiento y la muerte, y creo que algún consuelo obtenía del rito cristiano, al que acudía por rachas y fluctuaciones. Nunca intentó adoctrinarme acerca de que debería configurar mi propio imaginario, simplemente me dejo ir por el camino marcado por la realidad de mi época, y tampoco se preocupó cuando yo mismo dejé de ir a la iglesia.
Pero sí hablábamos de hacer lo correcto y no presumir mucho de ello, y hablábamos de lo importante que era no ser el fariseo de la historia, ni siquiera intentando pasar por el pobre publicano.
Ciudadano moral
Mi padre fue un científico, sí. Pero también fue educado con unas profundas raíces cristianas. La mitad del tiempo que le recuerdo afirmaba ser ateo-agnóstico. La otra mitad, íbamos a misa. En la iglesia, solía ofrecer alguna moneda en el momento de la ofrenda, nunca nada espectacular. A los mendigos en la calle, casi siempre les compraba café con leche y un bocadillo, en lugar de darles dinero en mano.
No tenía conversaciones grandilocuentes sobre qué es bueno y qué malo, pero actuaba de forma bondadosa con los que creía que estaban siendo tratados mal por los avatares de la vida, adornando sus ocasionalmente sus gestos con frases verdaderamente lapidarias. Ayudo a encontrar empleo a más de un pariente y en sus últimos días, su bondad le llevó a ser extorsionado por una rata de cloaca de la familia de mi madre. Vivía aterrorizado por bajarse del tranvía y encontrarse al repugnante personaje esperándole para exigirle más dinero. Esos días y esos meses le vi envejecer rápidamente, pero tardé en enterarme de qué estaba ocurriendo. Agnóstico, ateo o creyente, mi padre vivía la máxima cristiana de dar de lo que se tiene, no de lo que sobra, aún en perjuicio propio.
Nunca se aprovechó de un favor y combatió de forma quijotesca la deriva sectaria, mafiosa y endogámica de su querida universidad. Pienso que vendrán tiempos mejores para la enseñanza superior (probablemente fuera de lo que hoy son las universidades), pero me alegro de que mi padre no viera la degeneración que siguió a los años posteriores a su muerte.
Marido y padre
Mi padre fue el marido y único hombre de mi madre, quien aún hoy le añora psicológica y físicamente. No hay día que mi madre no intente hablar con su Calvito sin querer. Su vida es un continuo devenir de vacíos y silencios que no deberían ser, aunque no es que el hombre fuera muy locuaz de diario. Mi padre era una persona despistada, aficionado
a pasar largas horas en su despacho, con su informática, con su química, sus matemáticas y su música, pero tenía a mi madre colmada de pequeños detalles y la reverenciaba.
Supongo que, a estas alturas, queda claro el hueco que deja como padre. Siendo famoso por ser una persona aprensiva y algo hipocondríaca, resultó ser un ejemplo de estoicismo para las cosas dolorosas pero sutiles. Una de las más evidentes y paradójicamente ignoradas por su entorno era su tremenda discapacidad visual, que le permitía operar a duras penas en un mundo tan basado en la visión como la de su profesión como profesor de química inorgánica. No ver prácticamente nada nunca le detrajo de hacer con mimo sus diagramas, sus transparencias, a las que trataba con un mimo reverencial o de redactar interminables e incomprensibles ecuaciones en el ordenador. Jamás se lamentó públicamente de lo difícil que era su vida cotidiana, aunque era un poco cómico verlo maldecir cuando se le caía algo, o tropezaba y gruñía cual Homer Simpson. La vida de mi padre era el conocimiento y nosotros, por eso su esencia perdura, y por eso le escribo estas cartas.
Pincelada final
Como pincelada final, hablemos del físico de mi padre. Comenzó como un muchacho retraído por su mirada divergente, un chico de aspecto tímido. Su inteligencia le granjeó uno de sus rasgos de identidad más importantes durante su juventud, que le ayudó a matar dos pájaros de un tiro: a cambio de hacer algunas tareas complicadas para un amigo de clase más favorecido socioeconómicamente, este le dio unas molonas gafas de sol que conservaría hasta bien entrado su matrimonio. En ese momento era un muchacho atlético, aficionado a levantar peso, otra afición que conservaría hasta sus últimos años.
Pasaré por alto la fugaz época de la barba setentera y el lamentable mostacho de actor de segunda de película italiana. Si sus gafas de sol fueron el rasgo de identidad de su juventud, su brillante calva lo fue de su madurez. Sus tres hijos lo llamábamos cariñosamente el Calvito y aún cuando hablamos de él, nos referimos con este apelativo tan frecuentemente como Papá. Su alopecia y una sucesión de carcinomas basocelulares cutáneos le obligaron a usar sombrero, de los que fue atesorando una notable colección. Además, en sus últimos años, su discapacidad visual se había exagerado y usaba unas gafas fuertemente polarizadas con un excéntrico color anaranjado. Era como Cíclope, de la Patrulla X, pero en gordito.
Era uno de los personajes emblemáticos de su barrio y todo el mundo le conocía. Tal vez usted ahora pueda hacerse una idea.
Ejercicio de futilidad
Decía al comienzo que este libro está dirigido a mi padre en el sentido literal, y está dirigido a toda persona con prurito por aprender cosas que no sean realmente útiles, pero que tengan relevancia. Está dirigido a personas que buscan la verdad o lo auténtico en todo lo que hacen. No está dirigido a estas personas porque yo afirme estar en posesión de la verdad absoluta. Al contrario, mi premisa es que soy ignorante pero consciente de que las verdades absolutas sí que existen para casi todos los dominios del conocimiento humano.
De esta premisa surge la consecuente primera: existen caminos de búsqueda que nos acerquen a las verdades crudas. Este libro no pretende señalar ninguna verdad cruda, absoluta, porque creo no haber conocido prácticamente ninguna. Lo que sí pretende señalar es caminos válidos para buscarlas y acercarse a ellas en el mundo de la post-verdad, las fake news, los fact checking, el postureo intelectual e ideológico y el profundo y despreciable ruido mediático.
Deseo sinceramente que aquellos lectores que dediquen un rato a seguir las próximas páginas encuentren alguna trocha fructífera que les pueda acercar a alguna de las grandes verdades que tenemos siempre en el borde de nuestra conciencia.
Immanuel Kant
¡SAPERE AUDE!
PD: Querido Papá, mientras me pego una paliza contra el Word para paginar esto y adaptarlo para colgarlo en mi Blog como una entrada homenaje, está terminando de sonar tu querida Cara A, del Tubular Bells. Sé que lo estás oyendo, porque justo antes sonó Heaven’s Open. Te extraño,
Pepito.
7 respuestas a «Prefacio (de un libro que tal vez no publique)»
-
Acabo de leer esta entrada. Pública ese libro. A él le gustaría que lo hicieras y yo disfrutaría leyéndote. Ahora me explico tu honestidad profesional e imagino de la misma manera en lo personal. Gracias, siempre.
-
Muchas gracias, Sole. Así lo haré… Un beso y recuerdos.
-
-
Se habrá emocionado al leerlo. Se adelantó a su época.
Hecho de menos los buenos ratos que pasamos charlando. -
Tienes la elocuencia y el don de la palabra. Te quiero Pepe. Publica .
-
[…] autonómica recesiva, ya que no está presente en mis hermanos. Mi padre, de quien ya he hablado recientemente, era un auténtico geek de la informática. Disfrutaba tanto del software como del hardware. Yo […]
-
[…] proceso tuvo un largo recorrido, en el que no pudo faltar la maldita pandemia, el inicio de otros proyectos de escritura, que incluye la continuación de este título y el resto de las cosas habituales en la vida normal […]
-
[…] [57] Prefacio (de un libro que tal vez no publique) – El Doctor Ecléctico https://drjamg.com/2023/01/13/prefacio-de-un-libro-que-tal-vez-no-publique/ […]
Deja un comentario