Civismo, ergodicidad, falsos profetas

Imagen de Anne Spratt en unsplash.com

“No hagas a los demás lo que no quisieras que te hagan a tí”

Varios, Regla de Plata

Antecedentes

Una usuaria de Twitter pregunta qué relación hay entre fumar y la transmisión del Covid.

Otro usuario afirma que el confinamiento que viene no será acatado.

Ambos quieren dar una imagen de ciudadano ilustrado e independiente. Desconozco, en lo personal, cómo se han manejado estos dos individuos en su día a día respecto a distancia de seguridad, uso de mascarilla, lavado de manos, aplausos vespertinos, saraos nocturnos, caceroladas post-aplausos, banderas de distinto signo, escupir al prójimo, uso de flores de Bach… Como ven, el espectro puede llevar desde lo razonable y racional hasta lo imbécil y casposo con vertiginosa facilidad.

Varios miles de personas ejercen su derecho cívico a manifestarse para negar la evidencia, demostrando una vez más, que tener derecho a una acción no dota necesariamente a ésta de sentido. Estas personas también esgrimen una fiera independencia y quieren significarse como epítomes del pensamiento avanzado y del civismo.

La cuestión es la siguiente. ¿Cómo de independiente puede auto-calificarse uno? Se trata aquí de una dicotomía ya vieja, apuntada por gente mucho más sabia que yo, como Sócrates, Platón, Pericles, Aristóteles, o Cicerón. Entronca parcialmente con la dicotomía entre centrar la acción política en el individuo o en el Estado.

España

El problema en nuestra sociedad española, maltrecha, inmadura y maniquea es que las personas pseudo ilustradas exigen lo mejor de ambos mundos. Libertad absoluta en lo individual, y sanción de papá Estado para los que me contraríen. Pero no estamos solos en nuestra decadencia. Nosotros hemos llegado a una confluencia viciada entre la doctrina que preconiza el uso de los derechos positivos sobre la de los negativos con nociones vestigiales de la segunda corriente. El mundo anglosajón, tradicionalmente basado en la existencia de derechos negativos, está discurriendo por un camino análogo partiendo desde la orilla opuesta. Y por eso ambos mundos, latino y anglosajón, estamos ahora mismo en la misma situación esquizoide.

Esquizoide, sí. Una misma persona puede, en el transcurso de pocas semanas, pasar de alabar los comentarios del Dr. Simón, aplaudir a sus sanitarios, a negar la gravedad de la pandemia, coger un avión con toda la familia a la Costa del Sol, exigir la dimisión del Gobierno en pleno y la crucifixión del Dr. Simón. El desatino culmina con la negación de la propia existencia de la enfermedad. Y sin despeinarse. Escasas han sido las voces que fueron críticas con fundamento al inicio y más escasa aún es la postura crítica ahora. Y crítico se puede ser. Ha habido aciertos y desaciertos. Con los críticos, que parecen enemigos personales, me veo a menudo recordando los aciertos de Fernando Simón, y con los favorables, que a veces parecen gruppies, me veo en ocasiones obligado a señalar los deslices y desaciertos.

Vivimos una situación que pide a gritos un consenso nacional, so pena de que la cosa acabe en barbarie (ya que no hay constancia histórica de que haya acabado nunca en socialismo) o tiranía. Estamos, entre todos, sentando las bases para la aparición de un nuevo caudillo. Por otro lado, el Gobierno tiene que intentar apelar a la vez a la responsabilidad individual y a la conciencia colectiva. Esto es un poco complicado, teniendo en cuenta que la conciencia colectiva, vista desde la óptica más elemental y tribal, ha sido destruida sistemáticamente desde las instituciones y desde el mercado. Los sistemas están perfectamente diseñados para arrojar los resultados que arrojan, dice el experto. Nuestro sistema de (des)gobierno es buena prueba de ello. Y volvemos al maniqueísmo individual. Las mismas voces que clamaban contra el confinamiento en los meses primaverales, aludiendo excesivo paternalismo gubernamental, exigen ahora que el Presidente del Gobierno salga de su retiro vacacional y “ponga orden”. Nunca hubo orden. Y no lo habrá si los ciudadanos seguimos comportándonos como auténticos malcriados, ya gobierne Pedro Sánchez, o El Cid Campeador, como algún trasnochado parece exigir.

De la Reforma, a los < 300 caracteres, pasando (a la española), por la Ilustración

Desde muy pequeño, he sido aleccionado y adiestrado para reaccionar con suspicacia, cuando no desprecio, contra cualquier postura filosófica que venga de EEUU. En mi entorno inmediato, el lado bueno del telón de acero era el que resultó perdedor. El otro lado era el lado opresor. Esta visión me ha servido para tener un espíritu eminentemente crítico con la estructura actual de la sociedad, pero me ha impedido ver durante demasiado tiempo las virtudes culturales del mundo anglosajón. Los años me han hecho menos radical y más curioso, y eso me ha permitido permanecer atento a algunos discursos que chirrían en torno a temas difíciles, donde se impone la necesidad de que el individuo se signifique y se generen boyas que puedan servir de guía a los que intentan no ahogarse en el océano de información en que nos vemos envueltos a diario.

En nuestro entorno, transitamos lentamente hacia una sociedad basada en el clientelismo de estado, mientras nuestro fuero interno se revuelve contra la idea de que se nos impongan demasiadas cosas de nuestra vida cotidiana desde una fuente externa. Fuente externa, que cada vez está menos sujeta a ninguna forma de rendición de cuentas. Conviene considerar desde dónde transitamos. Puede que suene algo anacrónico, pero es obvio que las generaciones que nos precedieron contaban con la existencia de una autoridad superior que dictaba cómo debía hacer el día a día no sólo en el aspecto moral sino en muchos casos también en el material.

En un contexto de enorme asimetría entre dirigentes y dirigidos, pobreza masiva, alta mortalidad en todos los segmentos etarios, desconocimiento de los rudimentos que rigen el funcionamiento de la realidad, la natural necesidad de dar sentido a lo anterior, habilita la existencia de un conjunto cerrado de normas, creencias, tabúes y prejuicios que brinden respuestas a todas las inquietudes expuestas previamente. Surge de inmediato la idea del catolicismo en nuestra historia no tan reciente, como surge la idea del luteranismo y sus iteraciones en el mundo anglosajón.

Nuestra persistencia en el lado contrarreformista determina, en parte, aunque no por completo, nuestra tendencia a esperar que las respuestas nos lluevan desde arriba. Nuestro intento de emancipación de esta idea, junto con la forma en que hemos recibido la democracia de la generación anterior, explica nuestra respuesta tan vitriólica como inapropiada ante la coyuntura actual.

Además, con el advenimiento del siglo XX y el progresivo abandono del teísmo, el vacío queda a merced de un nuevo sustituto de la religión: la ideología. Salvando las conjeturas sobre existencia y forma de una vida tras la muerte, la ideología cumple perfectamente las premisas comentadas antes para la religión. Yuval Noah Harari argumenta de forma bastante consistente, en Sapiens, que capitalismo y socialismo llenan perfectamente el hueco dejado por Dios y deben considerarse, a su manera, religiones de pleno derecho.

La llegada de la Ilustración tuvo un efecto extraño en nuestro país, o al menos esa es la idea con la que yo me quedé. Nuestro Despotismo Ilustrado tuvo más de Despotismo que de Ilustrado, tal vez por haber estado en el lado equivocado de la Reforma en el período inmediatamente anterior a la Ilustración.

Flash forward. La generación de mis padres nace en una dictadura nacionalcatolicista, recibe una educación superior a la de la generación anterior, se emancipa y fabrica una democracia. ¿De qué tipo? Del único posible, de compromiso,  de forma que los no tan antiguos fratricidas enemigos mantengan la guardia baja. Es como en las leyendas de fantasía, se encierra a un monstruo en una gruta, en un agujero, un castillo, en otra dimensión, dado que no se puede eliminar. Así al menos, las personas están a salvo. El problema es que la gente tiende a olvidarse de la naturaleza de los monstruos, y que los guardianes también tienden a olvidar los pequeños detalles, y dejan de prestar atención a según qué llaves. Algunas llaves llevan a sitios verdaderamente podridos.

El compromiso arriba ilustrado implica aceptar resultados que no satisfacen a nadie, implica ser pragmático, renunciar a las asíntotas, a las utopías.

Ergodicidad y Covid-19

Decía mi profesora preferida que no se debe definir nada en términos negativos. Así que haré caso a la Sra Mateos y daré una vuelta de tuerca a la definición del término que hace Nassim N. Taleb en “Jugarse la piel».

Ergodicidad: situación en la que las probabilidades observadas son aplicables a procesos futuros.

El concepto en sí da para una entrada del Blog, pero una somera reflexión ya nos da una idea de lo vasto que puede ser su recorrido. Por seguir parafraseando al pensador libanés, y por dar un par de ejemplos, ¿qué no puede considerarse como ergódico?

1) La relación entre comida aportada e integridad física del pavo en EEUU, conforme se acerca el día de Acción de Gracias.

2) La exposición a largo plazo de su plan de pensiones (el del pavo no, el de usted y también el mío).

Tiene que ver con la disociación que ocurre entre la probabilidad de un suceso iterado y la asunción de independencia entre eventos. Dicho de otro modo: en el viejo problema de tirar una moneda equilibrada al aire, en que la posibilidad de cara y cruz es exactamente 0’5 respectivamente, se asume que cada tirada es independiente de la anterior. Formalmente, teóricamente, esto es correcto, y la teoría clásica de probabilidades nos enseña que si hacemos un número muy grande de lanzamientos, la frecuencia de cada resultado tenderá a ese 0’5. Nos dice además,  por el hecho de ser independientes, que el resultado de una tirada no afecta a la probabilidad de obtener uno u otro resultado en la siguiente. Ahora bien, si hubiéramos lanzado una moneda 100 veces y hubiéramos obtenido 99 veces cara, ¿realmente podemos pensar que la posibilidad de que salga cruz en el lanzamiento 100 es de 0’5? Por este motivo, la definición matemática de probabilidad, especialmente la clásica, encierra muchos problemas y contradicciones.

Los ignorantes que desprecian el peligro al que se someten y someten a sus seres queridos (por no hablar de los desconocidos a los que pueden acabar condenando), no entienden el problema de la ergodicidad. No es igual que 1000 personas jueguen una partida de Blackjack, a que una persona intente jugar mil partidas. En el primer caso puede o no puede haber un evento de ruina. En el segundo caso, la ruina está garantizada.

Los niños tienen mejor el concepto de ergodicidad que los adultos twitteros ilustrados más arriba.

En el caso del Covid, los negacionistas de la gravedad de la pandemia parecen ignorar por completo una serie de ideas clave:

1) Nunca nos hemos visto expuestos a un fenómeno de esta naturaleza. Simplemente el desconocimiento, la falta de experiencia, pide a gritos prudencia, no audacia.

2) Estamos hablando de sucesos y eventos ligados. Las acciones que yo realice en cuanto mi seguridad personal y la de mis seres queridos, necesariamente afectan a mi entorno.

Hacemos una reflexión algo más morbosa en un aparte. El Covid ha acabado con la existencia de más de 40.000 personas en nuestro país. Cada uno de nosotros, si tiene la suerte de llegar a los 75 años, habrá conocido como máximo a un número cercano a 400 personas diferentes. Esto implica que el Covid ha barrido de la faz de la tierra a tantas personas como las que cien españoles independientes iban a conocer en toda su vida. Es decir, imagínese que todas las personas que usted conoce dejan de existir en el lapso de 4 meses. Imagine que eso le pasa a usted y a 100 personas que usted conozca. Si es usted una de las personas que ha ejercido su derecho democrático a manifestarse, y lo ha hecho en contra del uso de las mascarillas o negando de la forma que sea la magnitud de este suceso, pero tiene usted dos dedos de frente, después de leer estas líneas tal vez tenga ganas de leer más, de informarse más y, ojalá así sea, alzar su voz digital en un clamor contra estos falsos profetas.

Reflexión sobre los que afirman que esta enfermedad “sólo” afecta a personas ancianas: este estúpido argumento se puede rebatir de diversas maneras. La más sencilla es acudir a las tablas de afectados/fallecidos que facilita el Ministerio de Sanidad. Una única persona (y no es una sola, como saben), inhabilita el argumento. Suponiendo que la vida de una persona joven importase más que la de un anciano, lo cual ya es bastante vomitivo sin entrar en detalles, solamente hace falta que el tamaño de la tarta se incremente lo suficiente como para que veamos casos letales en personas jóvenes. Eso sin entrar en el particular perfil epidemiológico al que estamos asistiendo en las últimas semanas, en los que la inmensa mayoría de infectados se encuentran en mi propia cohorte etaria.

Luego está el argumento infantil sobre que la curva actual obedece únicamente a que se realizan más tests, que se trata de asintomáticos. Si esto es así, ¿qué son los ingresos que están incrementando proporcionalmente, una alucinación?

Médicos por la Verdad. Buhoneros del s. XXI

Al parecer hay un grupo de médicos que promueven una visión muy cercana a la expuesta al comienzo de esta entrada. Con la idea de hacer un comentario sobre el fenómeno en este Blog, intenté indagar un poco sobre el grupo y sus líderes. Llegué a un extraño vídeo en Youtube, donde María José Martínez Albarracín, una de las exponentes más destacadas de esta asociación, exponía su postura al respecto. Incluso tomé apuntes, en mi ilusa intención de hacer una discusión tipo argumentación clásica y promover de alguna forma el pensamiento crítico, como sabe usted, una de las ideas detrás de este Blog. Error. Duré menos de media hora en el vídeo, que fue lo que tardó la “doctora” en mencionar a Stefan Lanka como una autoridad en virología. ¿Qué quién es Stefan Lanka? Ni más ni menos que un negacionista del VIH.

Nunca me ha gustado poner mi profesión y mi puesto de trabajo por delante de nada en ninguna argumentación, pero aquí parece imprescindible. La primera persona joven que se me murió, falleció de una toxoplasmosis cerebral, enfermedad posibilitada por la negativa de esta persona a tomar los antirretrovirales.

Después de que Martínez Albarracín citase a Stefan Lanka como una autoridad en virología, quedaba claro que no había que perder más tiempo en escuchar nada que tuviese que decir, al menos para mí, que tengo la formación y he tenido la experiencia empírica de que lo que dice ese personaje no son más que monsergas.

El problema es que hay mucha gente que está indefensa ante los buhoneros del siglo XXI, como es María Jóse Martínez Albarracín y toda la camarilla de Médicos por la Verdad. La inmensa mayoría de las personas no tienen por qué saber medicina. Es un deber sagrado de los médicos, si es que queda alguna cosa sagrada en el mundo, no tomar acciones que pongan en peligro la vida de los demás.

Me atrevo a decir que todos estos “compañeros” están vulnerando de palabra, obra y omisión el principio de Primum non nocere, y no les deseo nada más sino que les caiga el peso de la ley encima.

Ahora bien, su delirante postura tendría una salvación argumental-filosófica si se aviniesen a lo siguiente (se aceptan aportaciones):

1) Trabajar de voluntarios, SIN EQUIPO DE PROTECCIÓN, atendiendo pacientes Covid-19 o procesando sus muestras.

2) Sometiéndose a un estudio experimental de asignación doble ciego, en el que se les inoculase placebo a un grupo frente a SARS-2-CoV a otro.

3) Negándose a recibir asistencia médica en caso de acabar infectados en el curso de sus delirantes acciones.

4) Restituir económica o materialmente respondiendo con sus propios bienes y patrimonio a quienes haciéndoles caso por ser “profesionales sanitarios” acabasen infectados.

5) Permitieran que sus parejas, sus mayores o sus niños fueran expuestos a esta “enfermedad fundamentalmente leve”

Quiero que sepan, que como Asociación, como colectivo, no pueden despertar más asco en mí. En lo personal les deseo que reflexionen, que estudien, que se retracten. Cada persona inocente que haga caso de sus ideas es una víctima en potencia. Están aumentando la cadena de ergodicidad. Ya que no tienen sesos, tengan conciencia, por favor.

El mismo asco me ha dado la prensa “vestigial”, que en un intento de cazar clicks, han tratado en su mayoría a este colectivo con una objetividad y ecuanimidad que no se merecen. Tampoco han dejado al público pistas para poder hacerse una opinión propia acerca del grupo y sus posiciones. Si esta es la conducta a seguir por parte de la prensa vestigial para cada tema en que el acceso a la información sea desigual, bien merecen su anticipada desaparición.

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2 respuestas a «Civismo, ergodicidad, falsos profetas»

  1. Avatar de Eduardo Medina García
    Eduardo Medina García

    OLEEEEEEEEEEEEE Eduardo Medina García Psicólogo y Psicoterapeuta emedinagarcia@yahoo.es

  2. Avatar de Fernando Marín
    Fernando Marín

    Me alegro volver a leer un nuevo comentario tuyo, como siempre científico y documentado.
    Ánimo. Saldremos de ésta y nos olvidaremos de lo mal que lo pasamos. Pasé más de un mes sin ver a mis nietos no he podido besarlos y abrazarlos como antes, no pude acompañar a mi única tía en sus últimos momentos en este mundo ni abrazar a mis primos en el evento. Otros vivieron según en qué escala algo peor, para mi ha sido muy duro pues me preocupan las consecuencias personales y laborales de todos y cada uno de los habitantes de este mundo.
    Un abrazo

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2 comentarios

  1. Me alegro volver a leer un nuevo comentario tuyo, como siempre científico y documentado.
    Ánimo. Saldremos de ésta y nos olvidaremos de lo mal que lo pasamos. Pasé más de un mes sin ver a mis nietos no he podido besarlos y abrazarlos como antes, no pude acompañar a mi única tía en sus últimos momentos en este mundo ni abrazar a mis primos en el evento. Otros vivieron según en qué escala algo peor, para mi ha sido muy duro pues me preocupan las consecuencias personales y laborales de todos y cada uno de los habitantes de este mundo.
    Un abrazo

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