Cancelaciones
“En cuestiones de ciencia, la autoridad de mil no vale el razonamiento humilde de un solo individuo”
“Al negar los principios científicos, uno puede mantener cualquier paradoja”
Galileo Galilei
En esta entrada vamos a intentar plantear la existencia actual de cazas de brujas, manipulación de turbas y censura autoimpuesta, celebrada y pedida por las propias víctimas de esta. Pido a las personas que lean esta entrada que tengan en cuenta que no indico expresamente el momento en fue iniciada su redacción. El motivo de esto es poder situar el contenido de la entrada en un contexto temporal lo más amplio posible, obviamente centrado en el tumultuoso año 2020, pero pudiendo ir sin duda hacia atrás, y quien sabe cuánto tiempo más, hacia adelante. El tiempo juzgará la vigencia de esta entrada.
Ciencia frente cientifismo
En los últimos tiempos, estamos asistiendo a una toma silenciosa de posiciones académicas o puestos con autoridad retórica equivalente, de posturas que desafían el consenso científico actual sobre casi cualquier tema en el que pudiera existir un mínimo de consenso científico. Nómbrelo usted: la forma de nuestro planeta, la eficacia de las vacunas, la existencia del SARS-COV2, del Holocausto, los dinosaurios o incluso, quién lo diría, de la propia nieve.
En una entrada anterior ya mencionamos al colectivo “médicos por la verdad”, clamorosamente silenciosos en estos momentos. Esta gente es sólo un exponente de algo que, en mi opinión aflige a nuestra sociedad en un nivel más profundo. En esa entrada anterior creo que apunté de forma bastante completa todo lo que se puede decir de este colectivo y no merecen mayor publicidad por mi parte.
En todo este entorno hay un bando que tiene generalmente la razón, pero está poseído por la misma forma de orientar los problemas que aquel sector que niega la mayor sobre qué nos ha llevado a acercarnos a nuestra esperanza de vida genética, que nos es otra cosa que la ciencia.
El problema viene de que, como apuntábamos en la anterior entrada, el bando de la ciencia tiende a veces a comportarse de una forma que puede despertar la suspicacia en personas con mentalidad crítica. Creo que el problema viene de la postura cientifista, que tiene una afirmación netamente positiva (que el enfoque científico y la ciencia empírica constituyen la mejor cosmovisión posible, algo con lo que estoy fundamentalmente de acuerdo) y una puntualización negativa que la exclusión de los demás puntos de vista. Parece un escaso precio a pagar, a cambio de vasto pozo de sabiduría que ofrece la ciencia, pero en realidad es más bien el riposte del karma. La afirmación de que solamente a través de los métodos inductivos es posible producir conocimiento sobre el hombre y la sociedad no es solamente arrogante, sino que contraviene la existencia de cuantas sociedades existieron antes de la “invención del método científico”, algunas de las cuales condujeron a este.
Cuando un defensor de la ciencia adopta este punto de vista radical, se parece más al acólito de un culto fanático que a alguien que sabe que uno de los principios fundamentales de la ciencia y del método científico es la falsabilidad. Lo comentamos en la entrada anterior, afirmar que “las vacunas son 100% seguras” es, retóricamente hablando, análogo a afirmar que las vacunas son 100% peligrosas”. Afirmar que los fármacos son siempre seguros, que las cirugías son siempre curativas es equivalente a plantear lo mismo en términos negativos.
Puestos a dar opiniones exageradas, prefiero quedarme con las primeras proposiciones, pero ese no es el quid de la cuestión, a mi modo de ver. El punto clave en este asunto es que los discursos en términos absolutos despiertan el recelo automático en personas con un mínimo de suspicacia, y disminuye la probabilidad de que dichas personas confíen en el criterio científico.
No tenemos que orbitar permanentemente en torno a los antivacunas (cansino), podemos ir al tema del año 2020: el SARS2-COV. Afirmar, como se ha afirmado, que en ningún caso el virus ha salido el famoso laboratorio de Wuhan es comparable retóricamente comparable a afirmar que, sin ningún tipo de duda, el virus fue creado allí.
En ambos casos se da una falacia que debería ser la némesis de toda persona que se tenga por “escéptica”, se entienda esto con sorna o sin ella. Dicha falacia es la equiparación de la ausencia de pruebas de un hecho o un fenómeno como prueba de su ausencia. Es un grave error, muy frecuente en economía (ya hablaremos de esto en otra entrada) y también, desgraciadamente en política. Se trata de un error muy humano y nadie está libre de cometerlo más de una vez en su vida.
Lo que quiero decir con lo anterior es que la verdad científica, especialmente en lo tocante a las ciencias de la salud, no debe ser enunciada nunca en términos categóricos que rechacen o menosprecien la duda genuina o directamente la base de conocimiento de una persona que podría “llevarse al huerto” de la ciencia. Dicho de otra forma, es una oportunidad perdida.
Por último, quiero plantear mi opinión, optimista como siempre, de que todo el mundo es capaz de aprender, y que no hay euro mal gastado por parte institución pública (especialmente pública) o privada, que se dedique a fomentar el aprendizaje de los ciudadanos.
Ampliaré este epígrafe, ya que considero que precisa de una entrada propia.
Información y ruido
Frecuentemente me veo envuelto en discusiones con personas de la generación inmediatamente anterior a la mía, que aducen que no entienden cómo las personas jóvenes de hoy en día (millenials y zetas) pueden estar tan “perdidas”, con todo el acceso a información de que disponen. Mi postura, como “tardomillenial” que fue creciendo conforme iban apareciendo las tecnologías que hoy han cambiado el mundo, es que el aumento de información ha venido acompañado de una cantidad de ruido “al menos” proporcional a la disponibilidad de la propia información. Pienso que la relación podría explicarse por una ecuación, que de modo intuitivo y relativamente liberal expresaremos de forma progresiva:
Verdad alcanzable = información “objetiva” disponible + información “objetiva” no disponible, donde
Información “objetiva” disponible = alcance (capacidad de acceso, conectividad del individuo) x % limpio de información
% limpio de información = información honesta/ruido * 100
Por último, intuyo, y parece que esto es cierto, que el ruido en sí mismo es proporcional a una función potencial del propio alcance, lo que implica que los individuos son exponencialmente más capaces de generar ruido conforme aumenta su “popularidad”. Si usted conoce esa función potencial, no dude en comentar (tal vez mi amigo Sigfrido…).
El propósito de este epígrafe un tanto abstracto es dar a entender la relación que existe entre la posición relativa de un «creador de contenido» respecto al submundo de la plataforma donde crea el contenido, y capacidad potencial para generar ruido.
Cuentas canceladas
Gente a todas luces mal informada y con capacidad de mal informar en cadena, ve sus cuentas canceladas. Otra gente lo celebra. Twitter y Youtube inician bloqueos sistemáticos de tweets, vídeos, incluso cuentas que cuestionen o contradigan a las autoridades sanitarias.
Otras personas, algunas de ellas sensatas, alertan de la peligrosidad de esta medida.
Reflexión: ¿cómo se le queda el cuerpo?
Podría depender de asumir o no buenas intenciones, como se ha planteado en las primeras entradas de este blog. Exploremos primero estas propuestas.
Buenas intenciones por parte de los que postulan las ideas delirantes:
En el caso de que los exponentes de ideas que contravengan el criterio científico sin una base sólida y bien fundada en la propia ciencia, la cancelación de cuentas de estas personas les priva de una vía de tener retroalimentación sobre el contenido de su discurso. No soy el creador de ninguna red social, pero estoy seguro de que esto va en contra de la “misión, visión y valores fundacionales” de estas entidades que en breve suplantarán a los medios de comunicación convencionales.
Otra consecuencia, una tal vez más moral del asunto, es que se priva a los demás de la posibilidad de poder seguir y “rastrear” la conducta online de estas personas, las cuales incluso en casos de buenas intenciones como estamos asumiendo, pueden estar en contacto con grupos menos inocentes. Se pierde pues un rastro, una pista. ¿A cambio de qué? De silenciar y de tapar. De cumplir con los que se quejan. Sentamos un precedente. ¿Justificado? De momento, puede ser. Si asumimos que también existen buenas intenciones por parte de los gestores de la plataforma implicada, ¿cuáles son las consecuencias del poder de cancelación de cuentas? En mi opinión, el problema fundamental reside en que estamos delegando (queriendo o no), la facultad de seleccionar el ruido al que nos queremos someter en un actor sobre el que tenemos escaso control, como ya expresamos en la entrada anterior. Dicho acto delegativo puede que sea a favor de nuestra paz de espíritu, pero no lo será nunca de nuestros intereses. Creo que tenemos que poder leer o escuchar a otra persona expresar lo que sea. Esto creo que es un derecho. Tenemos también el derecho de ignorar aquellas informaciones/opiniones que consideremos que no merecen nuestra atención. Estos derecho llevan aparejados dos deberes, que son sin duda difíciles de percibir. El primer deber es el de contrastar la información que se recibe, obviamente a través de fuentes diferentes. El segundo es el de discutir de forma adulta y razonada los argumentos del otro, lo que acabará generando un diálogo que podría enriquecer a todas las partes.
Podríamos asumir malas intenciones:
Malas intenciones por parte de las figuras mediáticas o de vendedores de pseudo terapias. ¿Qui bono? Preguntaría el detective. Veamos algunas opciones.
Malas intenciones por parte de figuras mediáticas o influyentes políticamente. El beneficio en este caso viene de atacar a los actuales gobiernos. Asumimos, en este caso, la existencia de verdaderos elementos “conspiranoicos”, que buscan desestabilizar el orden actual y que obtendrían tanto mayor beneficio cuanto peor sea la situación global. Desde todos los puntos de vista. Encontramos figuras que encajan aquí en todos los cuadrantes de diagrama cartesiano político.
Malas intenciones por parte de grupos de “terapias alternativas”. En este caso, la situación es evidente. El beneficio inmediato es vender sus productos. Al generar una duda razonable sobre la “medicina alopática”, se abre la veda para vender la “alternativa natural”. Si eres un vendedor de pseudo-terapias eficiente, “colarás” tus productos en medio de consejos acertados relativos al autocuidado. De esta forma, cuando la víctima comience a mejorar, no podrá saber si lo hace debido al producto que se le vende o al consejo que se le da. Es aprovechar la falacia anterior sobre la prueba de ausencia en beneficio propio, explotando la naturaleza intrínseca de los sistemas complejos. Win-win.
En ambos casos, se gana “visibilidad, más “me gusta”. Esto es una máxima fundamental del marketing digital. Y sigue perfectamente el viejo adagio “que hablen de ti, aunque sea mal”.
Postura estructuralista
La óptica estructuralista plantea abordar el problema con un enfoque estructural por encima del personal. Si tomamos esta postura, podemos inferir los intereses que pueden estar representados. Esto a su vez nos puede llevar a varias situaciones. Menciono dos de ellas:
- La política de prestar inicialmente la plataforma para posteriormente recurrir a cancelaciones representa los intereses de algunas entidades (conocidas o no) en fomentar el desconocimiento de la población, de forma que puedan ser más manipulables. Se aumenta la cantidad de ruido y se dificulta es acceso a información de calidad. Esto puede servir para perpetuar a las elites. En un alarde de ironía, las personas manipuladas por el ruido creen que siguiendo este camino descubren el “complot” de la elite, sea esta la representada por Clinton y Soros (obviamente en el imaginario), por la OMS, Trump, los Clinton, los Illuminati o la Masonería… Sé que me dejo algunos grandes clásicos aquí, pero usted se hace a la idea de por donde voy.
- Todo este asunto puede representar un ensayo general de las megacorporaciones digitales, que ya han suplantado a los medios “vestigiales” tradicionales de comunicación como proveedores principales de noticias en particular y contenido en general. Bajo el paraguas de que cada cual puede tener una voz y convertirse en fuente de contenido, los algoritmos de estas entidades promueven las posiciones de determinados usuarios, siendo el criterio del número de seguidores uno de los factores que cuentan, pero no el único. Otro aspecto es precisamente el radicalismo de su postura. Ya mencionamos en la entrada anterior lo rápidamente oscura que se puede volver la lista de sugerencias de vídeos de YouTube tras un par de búsquedas “inocentes”. Lo tocaremos algún día, pero tiene que ver con la tiranía de la minoría…
En cualquier caso, la cadena de preguntas que cabría hacerse, desde un punto de vista dialéctico podrían ser:
- ¿Quiénes son los CEO de Twitter y Youtube? Como diría mi profesora preferida, que vuelve a intervenir aquí: “¿Quiénes son? ¿Cómo son? ¿Cómo actúan? ¿Qué pretenden?
- ¿Son 100% puros y tienen un conocimiento absoluto sobre la naturaleza del universo?
Sería lógico cuestionar la ESTRUCTURA de ciertas plataformas, y preguntarse por qué habilitan más a un cantante a hablar de virología que a alguien con un doctorado de virología. También hay que preguntarse por qué es difícil que, asumida la preminencia de la postura del cantante por mor de sus likes y seguidores, una respuesta apropiada de alguien bien informado no puede ganar popularidad de forma exponencial.
El problema estaría, por tanto, en los algoritmos de estos programas, en la naturaleza e intenciones de los administradores de estos programas, y por supuesto, en lo que cada persona hace con su tiempo y con su cuenta.
¿La cancelación de cuentas soluciona el problema?
No, porque el problema parte del desigual alcance que pueda tener un profesional de un ramo frente a un “influencer” que venga de un mundo totalmente diferente, como hemos visto anteriormente.
Dicha desigualdad resulta en una vulneración del acceso a información por parte de los usuarios normales, que no tienen por qué ser expertos en la materia (al igual que no lo suele ser el influencer).
Una opción mejor es que se dé visibilidad a las posturas no por número de seguidores, sino de otra manera. Se me ocurre alguna, pero podríamos caer en otro agujero. Lo primero sería que el bagaje oficial y contrastado aumentase artificialmente la posición de los individuos cuando etiqueten ciertos temas en los que tengan una probada capacitación. Esto puede ser una idea genuinamente buena, pero todos sabemos lo que pasa con los títulos e incluso con muchas posiciones académicas. ¿Qué no lo sabe usted? Posiblemente toque en una entrada futura (la Carcoma de la Academia, podríamos llamarla. Vendrá en todo caso, antes que la entrada de los ayunos, al paso que vamos).
También podría regularse desde las mismas instancias que cancelan/censuran, usando todo su poder de convocatoria para buscar respuestas que refuten la postura polémica de turno. En esta situación gana todo el mundo. Se visibiliza la plataforma, se fomenta el diálogo y se puede encontrar al próximo influencer de la ciencia, vaya usted a saber…
Otra opción es castigar en popularidad, de alguna forma, las aseveraciones/opiniones que se vean refutadas por cuentas profesionales.
Dicho todo esto, cabe la siguiente puntualización: no pienso realmente que se deba prohibir la cancelación de cuentas. En el sentido más simple, podemos entender que cabe el “derecho de admisión”. Son entidades privadas, así que, hasta ahí todo bien. ¿Estamos seguros?
Al cuerno, ¿qué tiene de malo cancelar al mentiroso?
Lo más evidente es que puedes lograr el efecto contrario. La legión de conspiranoicos puede acabar por pensar que sus tesis se confirman cuando “el sistema” silencia las voces de sus líderes. Pero tiene más cosas de malo eso de cancelar al mentiroso.
Tiene de malo que hoy se castiga al mentiroso, y mañana se define la verdad de otra manera.
Hay cuestiones complejas que no tienen un valor de verdad dicotómico en los que las discusión y el intercambio (incluso airado) de argumentos es necesario para aproximarse a la verdad. Piense usted aquí en todos los temas polémicos clásicos de la política moderna, desde la educación, la sanidad, la vida sexual, los impuestos, todo. Pero dentro de ese todo, piense en los temas más complicados. Tenemos que ser capaces de sentarnos delante de personas que nos van a plantear ideas que nos van a revolver las tripas, sabiendo que nosotros probablemente se las revolveremos a estas personas.
Además, en el caso de que hubiera buenas intenciones, se priva a la persona promotora de un bulo del derecho a retractarse, lo cual puede tener un enorme valor para los seguidores de esta persona, que podrían incorporarse rápidamente a la “causa correcta”.
Otra cosa que tiene de malo es que los científicos nos equivocamos, los profetas, no. El público en general puede no entender esto. Esta intuición es percibida por la comunidad científica. La respuesta suele ser ir a verdades absolutas. Dichas verdades podían funcionar con mi abuela, pero no funcionan hoy en día. Ya lo mencionamos anteriormente.
La labor de la comunidad científica, hoy más que nunca, es hacer calar en la población, la naturaleza incierta de muchas afirmaciones, especialmente en el ámbito sanitario. Esto es mucho más importante que informar sobre el Hay que acostumbrar a las personas a plantear las cuestiones científicas, especialmente en las ciencias de la salud, en términos relativistas. “Usar este fármaco es mejor que no tratar o mejor que este otro”. “Esta vacuna es mucho más segura que el riesgo de la enfermedad de la que le queremos proteger”. Todo esto es cuantificable, además. Y ciertamente hay vacunas que salvan muchas más vidas que otras.
Insisto, hoy en día, los CEOs de Twitter y Youtube pueden ser unas personas virtuosas, pero mañana pueden ser individuos con intenciones nefandas, y están sujetos a mucho menor control público que el escaso que actualmente tenemos sobre nuestros propios gobiernos.
¿Hay pruebas de esto último?
Hay varias. Están las torpes, pero fácilmente vendibles a una multitud de personas, como la retirada de los vídeos en YouTube del Triunfo de la Voluntad, de Leni Riefenstahl. Aquí YouTube perdió la oportunidad de educar a las personas sobre una de las obras más importantes de la historia del cine, por un lado. Por otra parte, dejó pasar la oportunidad de ayudar a esta sociedad moderna, anclada no en el pensamiento simple, sino en la mala costumbre de intepretarlo todo de forma unidimensional, de poder tomar lo estético de algo, e incluso de indagar sobre el personaje. En este caso, la Riefenstahl fue siempre ambigüa en tocante a su relación con el III Reich, pero su vida creativa posterior la sitúa en las antípodas del nazismo. Hasta aquí las maniobras simplistas de las plataformas para acallar protestas en lugar de dialogar. Esta parte es preocupante porque conduce poco a poco a la borreguización de los usuarios de dichas plataformas.
Luego están las cancelaciones que tienen directamente un sesgo político activo por parte de la plataforma, como es el caso del fenómeno Unity2020 en Estados Unidos. Esto es una plataforma promovida por intelectuales de EEUU de ambos lados del espectro político que han sabido reconocer el profundo deterioro de la política norteamericana, y no sólo por lo absolutamente lamentables que eran los candidatos presidenciales finales de este año (que lo son), sino por la evidente podredumbre que corroe al sistema desde dentro. Tras los distintos escándalos en las primarias del partido Demócrata, y simplemente con la existencia Donald Trump y su hackeo del Partido Republicano, han propuesto sacar un pool de candidatos de ambos lados del espectro político, que no sean baby boomers, de contrastado patriotismo y que no estén bajo la influencia actual de ninguno de los grupos de presión de ambos lados en Washington. De esa “reserva” de candidatos deberían salir los presidentes de las X próximas legislaturas. La iniciativa en sí misma tiene sus más y sus menos, pero lo llamativo del asunto es que Twitter ya está cancelando cuentas que tengan que ver con la misma, o que redirijan a usuarios a la web www.articlesofunity (que yo referencio aquí principalmente por contradecir a Twitter). Inquietante, ¿verdad? Ya me parecía…
Última reflexión:
Las propias autoridades sanitarias no son ni sacrosantas, ni tienen la verdad absoluta. En esta crisis hemos visto cambios de postura muy radicales, lo cual es comprensible. Un ejemplo es el de las mascarillas, que se puede resumir de la siguiente forma:
- No hay evidencia sólida de que las mascarillas prevengan el contagio de la Covid-19 (premisa).
- El sentido común sugiere que es útil (hipótesis). Funciona en enfermedades por transmisión por microgotas.
- No hay suficientes mascarillas para la población general en un momento determinado (hecho).
- Se afirma que las mascarillas no son útiles sobre la base de que no existen pruebas de que lo sean (paralogismo en forma de silogismo, equiparando ausencia de pruebas con prueba de ausencia).
Corolario:
A pesar de que sea satisfactorio ver cómo se cancela la cuenta de un vendedor de heces sanitarias, puede que a largo plazo este tipo de conductas no sea de interés para el público general. Tal vez deberíamos exigir un cambio estructural en estas plataformas, que ya son los principales medios de información, de manera que se visibilicen las cuentas de profesionales que puedan refutar opiniones mal informadas o mal interesadas.
2 respuestas a «Cancelaciones»
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Muy buen artículo. Mis felicitaciones para el autor. El corolario para mi humilde opinión es «Cuestiona todo lo que oigas, leas sin dejar de creer en una verdad: la verdad absoluta no existe «. Sobretodo autocrítica. Sobretodo analiza. Y sobretodo: vive.» Mis saludos cariñosos. IMF.
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Muchas gracias, Isa. Como siempre, tienes la razón, me quedo con tu corolario. Sigues ganando los partidos… Un abrazo.
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