The End of Something

«La Rueda del tiempo gira y las eras llegan y pasan y dejan tras de sí recuerdos que se convierten en leyenda. La leyenda se difumina, deviene mito, e incluso el mito se ha olvidado mucho antes de que la era que lo vio nacer retorne de nuevo. En una era llamada la tercera por algunos, una era que ha de venir, una era transcurrida hace mucho, comenzó a soplar un viento. El viento no fue el principio, pues no existen comienzos ni finales en el eterno girar de la Rueda del Tiempo. Pero aquél fue un principio. – »Robert Jordancomienzo de cada uno de los tomos de la saga «La Rueda del Tiempo».

De esta forma maravillosa comienza cada tomo de esta monumental saga. No voy a hacer una reseña literaria aquí, pero sí merece la pena saber que Robert Jordan, enfermo de amiloidosis cardiaca, no pudo ver culminada la obra de su vida. Encamado, incapaz de escribir, dictó a su mujer las notas del último volumen. En algún lugar leí que dichas notas conformaban cerca de 20.000 folios, lo cual no es de sorprender. La obra la acabaría escribiendo magistralmente Brandon Sanderson, pero el último «volumen» de la saga tuvo que ser separado en tres piezas distintas, ninguna de ellas precisamente «de bolsillo». No sé si a Usted le gusta la Fantasía Épica o no, pero «La Rueda del Tiempo» es una obra absolutamente colosal, con personajes que van creciendo con la saga, referencias culturales tremendamente imaginativas, un arco argumental maravilloso y un desenlace, bueno, a la altura.

Como quiera que sea, la cita de esta entrada hace ver que la vida tiene un algo cíclico, lo cual es cierto sólo hasta cierto punto. Pero sí que es aplicable a la exigua memoria de los Homo sapiens. Nosotros, con nuestros sesgos cognitivos, de los que trataré en sucesivas entradas, no somos conscientes de los múltiples déjà vu que se suceden. Puede que no sean déjà vu al uso, sino más bien patrones de experiencias, vivencias e ideas, que se van sucediendo, mutando discretamente, lo justo como para que no nos percatemos y tropecemos dos veces con la misma piedra. O tres. O cuatro. Ya Usted se hace a la idea.

El título de esta entrada es un autoplagio. Hace 20 o 21 años, escribí un articulito para Fluchtweg, el periódico de entonces del Colegio Alemán de Tenerife, que llevaba el mismo título. En ese momento me encontraba frente a uno de esos ritos de paso afortunadamente obligatorios para una mayoría de jóvenes de nuestro entorno: el fin de la etapa escolar y la salida al «gran mundo». No recuerdo exactamente lo que puse en ese artículo, o no quiero recordarlo, pero sé que por entonces aún no había leído La Rueda del Tiempo, y mi propio huso vital no había dado aún muchas vueltas como para poder percibir que vendrían más momentos como aquél. O tal vez sí que lo predije. Si Usted tiene un ejemplar de ese Fluchtweg y me lo quiere pasar, no dude en hacerlo y lo colgamos en el Blog. Podría ser divertido.

El caso es que en la vida, asumiendo una naturaleza más o menos cíclica (o espiroidea), hay diversos tipos de finales. Algunos de estos finales son como los de la Rueda del Tiempo, son comienzos de otras épocas que vienen (¿que regresan?). Otros, como nuestra muerte, son el fin de un camino. El caso es que todo final lleva consigo una sensación de desasosiego. Como dice un autor al que no voy a citar por el completo por el momento, nuestro mapa se invalida y aparece la situación de preparación para «lucha» o «huida». Acontece la parálisis y es necesario, una vez superado el susto, explorar para reconocer el nuevo terreno y así configurar poco a poco y mapa más válido. Cuanto mejor seamos en esta tarea de explorar y obtener información, tanto más fiable será el mapa y mejor nos guiaremos ante los caminos que se nos ponen por delante. Como veremos en una entrada posterior, este aspecto influirá incluso en el hecho de que podamos percibir que existen caminos y no estamos ante el vacío.

Es normal que además de desasosiego, venga la nostalgia. Recapitulamos lo acontecido en la etapa que está terminando. Nuestros sesgos cognitivos podrán hacer que percibamos el período que termina como mejor (interviniendo, por ejemplo, el sesgo retrospectivo, que nos haría ver nuestras decisiones pasadas como mejores de lo que fueron realmente) o peor (motivado tal vez por el efecto del último evento, ese aspecto negativo que ha desencadenado el fin de la etapa) de lo que es realmente. El resultado de la interacción entre todas esas fuerzas decidirá en parte nuestra actitud para con la nueva etapa que ha de comenzar, por lo que es bueno estar preparado. Parte de lo que ocurre en esta lucha de fuerzas lo explica el fenómeno fisiológico-psicológico conocido como el reflejo de orientación, descrito entre otros por Evgeny Sokolov. Básicamente se trata de una respuesta estereotipada en un circuito de centros neurológicos, ante cualquier estímulo que pueda considerarse como un cambio en el entorno. Una de las características más importantes de este reflejo, que ha sido trasladado con éxito en parte a la terapia conductual, es que con la repetición del estímulo, la magnitud de la respuesta disminuye. Ocurren un poco como el fenómeno farmacológico de la tolerancia, bien descrito en la farmacología de las drogas de abuso. Las consecuencias neurológicas de este reflejo se hacen extensibles a centros del cerebro que regulan otros circuitos, como pueden ser el hipotálamo y la hipófisis. Esto en parte, uniría aquel síndrome general de adaptación descrito por Selye y esbozado primero por Cannon con los aspectos más puramente psicológicos que afectan a todo cambio sustancial.

El caso es que conocer la existencia del reflejo de orientación puede ayudarnos a prepararnos para situaciones estresantes. Lo primero que deberíamos considerar es que toda situación de equilibrio en la que uno vive es susceptible de desestabilizarse y desintegrarse. No se trata de tener una óptica pesimista de nuestro entorno. Se trata más bien de apreciar el equilibrio actual y hacer cábalas de vez en cuándo sobre cómo podrían irse las cosas al traste. Ese pequeño ejercicio nos puede dotar de un esqueje de «plan B», imperfecto y embrionario, pero muy útil para no tener que partir de un folio en blanco, si el cambio aconteciera de forma brusca.

Tampoco quiere decir esto que todo cambio es negativo, es más un enfoque orientado a reducir en la medida de lo posible las emociones negativas que vienen con todo proceso de cambio.

Como decía Lestat el Vampiro, con el paso del tiempo, las personas no van cambiando, sino que cada vez más se acentúan a sí mismos. De mi yo adolescente que escribió aquellas líneas que también se titulaban «The End of Something», queda bastante, quiero pensar. Aquel tipo era buena gente, un poco iluso, pero bueno. Nunca tuvo excesivo miedo a los cambios cuando éstos eran necesarios o deseables y siempre tenía la mirada puesta en aprender cosas nuevas. Aquel tipo además, había tenido alguna experiencia previa con cambios mayores en la forma de vida que resultaron ser muy útiles en los años posteriores. Tal vez por eso escribió aquel artículo…

En una próxima entrada, intentaré reflexionar sobre qué pasa cuando uno acomete un gran cambio, digamos laboral. Algunos libros leídos recientemente o en proceso actual de lectura me han ayudado a vadear las aguas del cambio con algo menos de ansiedad de la que de otra forma hubiera tenido. Probablemente haya dos entradas más de esta «serie», para posteriormente publicar unas cuantas relativas a cómo mejorar nuestra calidad de vida con cosas que podamos hacer a diario. Espero que le interese…

Por cierto, sé que estás leyendo esto: ¡FELIZ CUMPLEAÑOS! ^-^

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