El enemigo invisible
Situación
Céntrico restaurante de Santa Cruz de Tenerife. Sábado 28 de febrero. Almuerzo al fondo del restaurante tras una intensa pero muy edificante Jornada de Puertas Abiertas del Colegio La Pureza de la Cuesta, donde tuve el honor de dar una conferencia.
El local está en ebullición, con el personal haciendo lo imposible por mantener un servicio atento y exquisito en sus abarrotadas mesas. La compañía es querida, hay ganas de hablar y compartir las muchas cosas que se han dado durante una semana especialmente intensa. Afuera hace un día fresco, con alguna racha de viento y llovizna intermitente. Dentro, el calor humano, los humores de los fogones y el cul de sac donde estamos colocados deja un ambiente agradablemente caldeado. Las lámparas colgantes irradian algo de calor extra, dependiendo de dónde esté cada cual sentado.
La vecindad
En la mesa justo al lado nuestro hay un equipo femenino de balonmano (al menos, las jugadoras de campo) de un promedio de 80 traslaciones cada una. Su mesa era, posiblemente, la más concurrida y animada del local. Las señoras estaban pasando un buen rato, con varios contundentes platos adornando su mesa, regado casi siempre con unas frescas cañas. Las risas y los comentarios jocosos eran frecuentes, como también cierto tono de cuchicheo tan entrañable en edades tan venerables.
Alcachofas destempladas
Ni me acuerdo de qué había llegado a nuestra mesa en primer lugar. Sé que tenía bastante hambre y especial ilusión por unas alcachofas con taquitos de jamón ibérico que llegaron en segundo lugar. No bien había saboreado el primer bocado, caliente y delicioso, alguien llamó mi atención sobre una de las señoras de la mesa de al lado, cuya espalda lindaba próxima a la mía. Otra de las vetustas comensales está abanicando a la señora. Me incorporo, olvidando ya la alcachofa.
Primera valoración
Paciente senil, pálida, con cierre espontáneo de ojos, nivel de conciencia disminuido con nula respuesta verbal y mínima respuesta a estímulo motor doloroso (gruñido y flexión de las cuatro extremidades con apertura mínima ocular). Pulso central filiforme y taquicárdico, periférico no palpable. Diaforética. En su plato, unos calamares a la andaluza y restos de un copioso solomillo. Su puesto de la mesa está inmediatamente bajo una de las lámparas. Al menos una caña consumida delante de su puesto.
Primera atención
Bajo la sospecha de hipotensión severa, posible presíncope en el contexto de comida copiosa y componente de golpe de calor, con ayuda de mi suegro, médico jubilado, y no sin cierto esfuerzo, habida cuenta la movilidad de las comensales, colocamos a la paciente en lo más parecido que podemos convertir en Trendelemburg y la refrescamos, retirando ropa y aplicando frío. Le administramos sal sublingual. En paralelo, llamo al 112 “Emergencias”. La escaleta de la llamada es aproximadamente la siguiente:
0-30’’: Alocución impersonal bilingüe informando de que seré atendido y que la llamada será grabada
31’’-1’30’’: Procedo a identificarme a mí mismo y la situación de la forma más sintética posible, siguiendo metodología SBAR. La persona al otro lado de la línea utiliza claramente otro protocolo y la información a transmitir en 30’’ se toma el doble. Lo que más parece interesarle es que soy médico. El operador me pone a la espera para hablar con el personal sanitario.
1’31’’4’ y más allá: Parece que estoy en una de esas llamadas-trámite con la compañía de telecomunicaciones de turno, donde los minutos van pasando sin que ocurra nada salvo varios bucles de una música insulsa.
Más allá del 4º minuto: me comunico con personal sanitario siguiendo la metodología anteriormente citada. Me dicen que movilizan un recurso.
Mientras tanto…
Seguramente ustedes querrán saber qué estaba pasando en estos tensos minutos con la paciente. No se trata de darle suspense, pero les diré que, después de empeorar un poco, deteriorándose algo más su nivel de conciencia y pasando de taqui, a bradicardia, la paciente comienza a reaccionar lentamente, recriminando con voz farfullante “que la sal le revuelve las tripas”. Menos mal, porque son las primeras palabras que emite en más de 5’. Ya tiene pulso periférico, tras varios minutos de sólo palpar el central.
Van transcurriendo los minutos, llegan familiares más jóvenes de la paciente y vamos recabando mi suegro y yo más información acerca de sus antecedentes y tratamientos habituales entre los que destaca una enfermedad de Alzheimer, “muy fuerte”, en palabras de una de sus hermanas, sin embargo, la paciente no estaba con medicación específica y allí estaba disfrutando de una comilona con sus seres queridos…
Llega la ayuda
En algún momento, ya con la señora algo mejorada, pero aún con un estado general visiblemente afectado, sudorosa, taquicárdica de nuevo y con un nivel de conciencia ahora superficialmente disminuido, llega el personal de la ambulancia, quien constata objetivamente que las constantes vitales de la paciente son las que sospechábamos, recaban por nuestra parte los hechos vistos y la asistencia blindada y se disponen a trasladar a la paciente, aún claramente sintomática, a un servicio de urgencias, cuando dan parte a su coordinación.
La trama se complica
Con el teléfono en la oreja, el sanitario palidece de una forma que pienso si no voy a tener que atenderle también, tuerce el gesto y profiere un improperio. Aparta el teléfono y dice que la coordinadora le va a denegar el transporte, porque el estrés de la ambulancia puede suponer un factor de sufrimiento para una paciente con Alzheimer. Si sus familiares consideran que debe ir a un hospital, que la transporten ellos mismos para reducir el estrés. La cara de perplejidad que se nos queda a mi suegro y a mí debió ser respuesta suficiente para el sanitario, que hizo ademán de encoger hombres y volver por donde había venido. Le pido que le diga a su coordinadora que asuma las consecuencias de denegar un transporte a todas luces necesario y si no, que me deje a mí asumir la responsabilidad de haberlo solicitado. Finalmente, los técnicos me ruegan que rellene el formulario de la ambulancia con el resumen de la historia y que sea tan amable de firmar con mi número de colegiado, para que ellos no tengan problemas. Con todo el temblor que antes no tuve, relleno iracundo el formulario y agradezco a los técnicos su labor y les compadezco por lo vendidos que están. Se llevan a la paciente, de cuyo estado actual no puedo dar parte a día de hoy.
Algunas reflexiones
Agencia
Ya hemos mencionado el problema de la agencia, como lo llama Nassim N. Taleb. Privar a alguien de su capacidad como agente es un acto lesivo. Pero esto tiene otra lectura. Tener capacidad de acción sin tener que responder de las consecuencias directas de dichas acciones es bastante parecido al concepto de impunidad. ¿Quién era la persona al mando de la coordinación ese 28 de febrero? Mi rúbrica, número de colegiado, teléfono y hasta mi conversación grabada están a la disposición del sistema. Ella es una persona anónima, invisible e inaccesible.
Indefensión
¿Qué seguridad ampara a los sufridos usuarios de nuestros servicios? ¿Qué oscuro automatismo activa una palabra como Alzheimer para convertir a según qué persona en menos merecedora de atención? ¿Cómo se puede concebir que el estrés que pueda suponer el ruido de una ambulancia supera a la alteración del nivel de conciencia y las constantes vitales básicas?
Derechos positivos vs. negativos
Esta merece una entrada en sí misma. Por loable que suene que un ente superior (una deidad, una tradición, un derecho de nacimiento, un estado…) nos conceda una serie de derechos, la acumulación de los mismos genera matrices de conflicto que son difíciles de navegar. En este caso, el derecho al transporte sanitario urgente que tiene esta paciente, ha entrado en conflicto, a ojos de una persona con “agencia”, con su “derecho al bienestar” en relación con su diagnóstico de Enfermedad de Alzheimer. Es posible que fuera todo mucho más sencillo si los derechos positivos son pocos. Empecemos por uno, el de la autopropiedad. Una persona es dueña de sí misma y de su integridad física. Por tanto, nadie tiene derecho a interferir con dicha integridad. Existe una clara jerarquía de preferencia de atención sanitaria que debe guiar tanto la preferencia temporal como el esfuerzo dedicado. Un ejemplo es el triaje de Manchester, pero básicamente todos estos sistemas ponen lógica preeminencia a la alteración de las constantes vitales, cuyos cambios bruscos pueden conducir rápidamente a la muerte. El estrés psicológico, la fragilidad social, son problemas de gran importancia, pero están muy lejos de ser prioritarios cuando el ámbito de la atención es la urgencia con cambios en constantes vitales. Por este motivo, afirmo que la decisión de esta coordinadora atentaba contra la integridad física a corto plazo de esta paciente, para un beneficio irrelevante a largo plazo, especialmente en el hipotético, pero probable caso de que la paciente se hubiera deteriorado más sin un mayor nivel de asistencia temprana.
El enemigo invisible
Nuestra sociedad se enfrenta a un enemigo invisible, con tentáculos que aspiran a controlar todos los aspectos de nuestra vida, que invierten la lógica de la razón, la biología y el sentido común en favor de planteamientos y decisiones propios de los usuarios de un jardín de infancia.
Es imperativo que, como ciudadanos emancipados y responsables, luchemos por recuperar el control de la vida cívica y diaria, exijamos responsabilidad a quien tiene poder y nos movamos para arrebatárselo a quien quiera ejercer el segundo sin la primera.
Como siempre, espectacular. Da gusto leerte
GRACIAS.